Listo, ya está. Lo había hecho. El cuerpo yacía en el piso y la sangre goteaba de su boca. No había vuelta atrás. ¿Podría quizás haberlo evitado? ¿Su nacimiento, la carta, las muertes, los ladridos, podrían haberse evitado? Si lo dudaba era porque la inseguridad reinaba y nadie más que ella podía saberlo. Se sentó, fumó un cigarrillo, miró a su alrededor, y luego de un par de minutos comenzó a ordenar los pocos objetos que allí había. Nunca le gustó el desorden. Cuando quedó satisfecha con el lugar se retiró cerrando la puerta con llave. Esta vez salió por el frente, camino hacia la parada del colectivo y lo esperó. Mientras recordaba lo sucedido y subía al vehículo, el sol de la tarde se ponía, y sus rayos anaranjados teñían por completo la ciudad, haciéndola cálida, casi como su hogar. Cuando llegó, colocó su abrigo sobre una silla, se quitó los zapatos y los puso debajo de ésta, reacomodó el almohadón, se sentó en el viejo sillón de dos cuerpos, el que jamás ha sido ocupado por completo, y se dispuso a ver cómo la noche devoraba una caja de juguetes. De algún modo se sentía extraña, y no sabía por qué. El reloj de pie daba las siete en punto y el segundero revivía los sonidos de la sangre tibia chocando contra el frío piso de madera. Desvió la vista. Creyó haber oído pasos y ruidos de disparos junto con ladridos procedentes de la puerta de entrada. Volvió a desviar la vista. Sentía que las letras de la carta se volvían malditas y ya no decían lo que en su momento hacían, la acorralaban, la asfixiaban. Repentinamente se dio cuenta de que lo que estaba percibiendo no era real pero si el olor a cigarrillo en sus manos, su pelo, en su ropa. Abría el agua caliente de una bañera blanca, ubicada al fondo de un cuarto de baño de colores oscuros. El ojo de buey parecía llorar y todo giraba y flotaba. Emma se sumergió en el agua cálida. Y pasaron las horas. Eran las doce. Todo el mundo dormía menos ella. Se vistió rápido y se fue a dormir sin comer. Arrastrando los pies para no oír los sonidos de la muerte, se fue a acostar. El golpe llegó cuando apoyó su cabeza en la almohada. Comenzó a llorar, a gritar. La pequeña habitación parecía habitada por millones de personas, el ambiente se hizo denso de golpe, tan pesado como el agua, imposible respirarlo. Se escuchaban incontables voces que repetían su nombre, olía una gran variedad de tabacos, veía millones de dedos acusándola. Emma se levantó y corrió. Trataba de defenderse arrojando objetos a los fantasmas que la atormentaban. Les gritaba, los insultaba mientras escapaba. A la mañana siguiente, el mundo ya no era igual, en especial un lugar: la que era su casa. Vidrios destrozados, sillones y almohadones rasgados, plumas cubriendo el suelo como una gruesa capa de nieve. No se supo nunca mas nada de ella.
viernes, 29 de junio de 2012
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